torre_de_la_iglesia_de_la_Compaa_colapsadaPreservar al Cusco, a 62 años del gran terremoto que casi lo destruyó, es indiscutiblemente un objetivo de interés nacional.

El día en que el Cusco tembló

Por: Patricia Marín

Fotografías de Eulogio Nishiyama

Una mañana apacible

Era domingo, y en la mayoría de las casas cusqueñas el almuerzo se había adelantado,  niños, jóvenes y adultos tenían prisa por ir  al Estadio Universitario para ver jugar al Cienciano frente al Sport Boys de Lima. Los que se quedaron en casa estaban “tomando el sol” tranquilamente  en los patios o jardines, como se acostumbraba en el Cusco después del almuerzo.

Miguel H. Milla, periodista de Radio Cusco y corresponsal de la Crónica de Lima, esperaba la hora precisa para ir a transmitir el partido,  mientras se recuperaba de la noche bohemia  que habían compartido con su entrañable amigo Maraví.

 

Siempre activo, Ricardo Castro Pinto, miembro de la Asociación Mutua del Señor de los Temblores, estaba cruzando el pabellón norte del mercado de Santa Clara,  al retirarse  del local  del Sindicato de Trabajadores del ferrocarril de Santa Ana, dónde había participado en la instalación de  su Junta Directiva.

A la una de la tarde, la señora Macaria Monteagudo de Moreno,  salió de su casa ubicada en medio del  portal  denominado de la Compañía, para buscar al  médico de cabecera de la familia, que vivía en la Calle Loreto, pues había una emergencia familiar.

Todo parecía transcurrir normal y cotidianamente.

 

Un espectáculo de pesadilla

“A la una y treinta de la tarde, recuerda Miguel H. Milla, siento que el catre se me mueve vertiginosamente; ajeno aún a la realidad, le digo a  Maraví,  que se deje de tonterías, pero cuando levanto la vista, lo veo  con los ojos que se le saltaban de sus órbitas, y observo que a la pared le salía una barriga de nueve meses. Allí sí que me levante y salí ‘patitas para que te quiero’. Vivía en la calle Plateros, miré a mi alrededor, la Plaza de Armas era una sola nube de polvo, la gente corría en todas direcciones y no sabían a dónde.  Unos reían a carcajadas, otros lloraban, otros estaban arrodillados, es decir, un espectáculo de pesadilla. Cogí mis zapatos y me fui a la esquina de la calle del Medio, donde funcionaba la Compañía de teléfonos la Nacional, encontré a las dos chicas que atendían: Ada Bueno y una chinita, cuyo nombre no recuerdo, y mientras les chorreaban las  lágrimas, atendían al público, y en ese momento el único público era yo, urgido les pido comunicación con la Crónica, me dan la línea, hablo y me contesta el fotógrafo Egoaguirre, y sin olvidar su sobrenombre   le digo: ¡¡ “Lindos ojos” terremoto en Cusco!!, y éste me cuelga el teléfono. Quedé desesperado, pues desde ese momento se interrumpió la comunicación”

 

Ricardo Castro Pinto, en ese entonces de unos cincuenta años de edad, observaba  cómo el mercado de SantaEulogio_y_fmailia_pposando_frente_a_la_pala_mecanica_ms_destructora_que_el_terremo Clara se movía como  una jaula  de ave; sobreponiéndose a su impresión,  lo más rápido que pudo acudió  a la Catedral. Eran aproximadamente las dos de la tarde, y  ya habían sacado al Señor  de los Temblores, la procesión estaba en la plaza de armas, pero no había quién tocara las campanas, Ricardo, sin saber bien cómo, se armó de valor, subió a la torre y  las tocó. La gente se arremolinó en la entrada de la Catedral. El llanto se mezclaba con los ruegos: “¡Ay Taytay, ama cachuncho temblor, uyari huahuayquicunata!. ¡no nos castigues de esta forma señor!” , imploraban desesperados. No faltó un confianzudo  que le increpaba: “Oye Negrito ¿ por qué nos has hecho  esto? nos has botado de la casa, aquí estamos a tus pies ¡por favor señor aplaca tu ira!”

 

 

 

Entre el mar de gente, el polvo y la desesperación, doña Macaria Monteagudo corrió a su casa sólo para encontrar que ésta se había derrumbado totalmente, sepultando en su interior a su esposo Luis Moreno Grajeda, su hija Alicia Moreno Montegudo, eximia pianista, y a su sobrino Luis. Su vida entera, todo, enseres, joyas, obras de arte, habían desaparecido para siempre.

 

 

 

 

¡Auxilio, auxilio!

 

 

 

 

 

En Lima, en la pensión  de Sra. María Salas, ubicada en Jirón Callao, un grupo de jóvenes estudiantes cusqueños, entre quienes se encontraba  el futuro ingeniero civil Armando Gallegos, se reunían para departir alegremente la tarde dominical, y sin saber de dónde ni cómo, recibieron la noticia de que Cusco había desaparecido. La alegría se tornó en angustia que los llevó  hasta Radio América,  emisora que se puso al servicio de los cusqueños que querían saber noticias de sus familiares.

 

 

 

A las 2 con treinta de la tarde, Miguel H. Milla, y Carlos Lizárraga Fisher  que estaban al frente de Radio Cusco, decidieron  salir al aire, pero no había luz, todo había colapsado: “fuimos a buscar un equipo generador de luz, un armatoste tremendo que tuvimos que  arrastrar desde la Avenida el Sol, Plateros,  hasta Saphy .  Logramos prender la Radio y comenzamos: ¡auxilio, auxilio! aquí Radio Cusco, a quien nos conteste, terremoto en Cusco. Dale y dale por lo menos media hora, hasta que radio Continental de Arequipa nos contesta, y salimos al aire. Ahí empezó el vía crucis, toda la gente se nos venía encima por los mensajes, y también los recibíamos de otros lados. De pronto entra Radio Nacional del Perú y hace cadena con nosotros y empezamos a salir al mundo”.

 

 

 

A las diez de la noche, el Ministro de Salud,  hace contacto con Radio Cusco  y solicita los nombres de muertos y heridos.  “No los teníamos, dice Miguel H. Milla, y tuve que ir a buscarlos  al Hospital Lorena, el único que existía. Solicité  la relación de heridos, pero no se tenía aún la relación de muertos. Bajé  a la morgue del hospital, y para mi suerte alguien había tenido la maravillosa idea de poner en el pecho de cada muerto su nombre en papel despacho, con mi linterna, llegué a la morgue del Cementerio de la Almundena  y alumbrando las caras de cada difunto, terminé con mi labor y comencé a bajar por el puente de Belén, que estaba totalmente destruido, llegué a la calle Trinitarias y no  podía pasar, estaba llena  de escombros que me obligaban a trepar y bajar, en  ese instante me sucedió la cosa más curiosa de mi vida: sentí claramente como  los pelos de la nuca se me erizaban, y me entró un pavor, no miedo, pavor, y comencé a bajar a toda carrera. Llegué a la calle Consevidayoc,  y ya  en toda la ciudad habían velitas encendidas, la gente había ocupado la calle con sus carpas para dormir en la intemperie,  no querían regresar a sus casas.  Por fin llegué a la radio para dar a conocer la lista de muertos y heridos. Por su parte Eulogio Nishiyama, que trabajaba conmigo, me dijo, ‘tengo las fotografías’. Cuando comenzó el terremoto, cogió en un brazo a su hijo y con el otro la cámara, y salió a la carrera tomando fotos en el mismo momento que  sucedía el terremoto, obteniendo vistas espectaculares de piedras  que caían, especialmente del templo de Belén, y al día siguiente  las mandamos en el avión”.

 

 

 

Se requería ayuda inmediata y efectiva. Los cusqueños se organizaron en una comisión de emergencia, y ese mismo día fueron sepultados los muertos y se fumigaron adecuadamente los lugares más contaminados, evitando así epidemias de cualquier tipo. La Cámara de Comercio del Cusco y la Asociación de comercio e Industriales del Cusco, donaron lo necesario para la construcción de barracas en la Avenida Pardo, y De Luchi Llomelini una vez más, donó cien mil soles  y tres mil frazadas a la comisión.

 

 

 

 

 

 

Llega el General Odría

 

 

 

cusqueos_en_tiendas_de_campaaAl día siguiente, 22 de mayo, las noticias ya eran más claras: Durante seis segundos un terremoto de siete grados en la escala de Mercalli, sacudió  a la ciudad del Cusco, pero los daños aún no podían dimensionarse en su totalidad. El Ministro de Salud y Obras públicas, Coronel Alberto López Flores,  llegó  a la ciudad  y después de una rápida evaluación, se comunicó con  el Presidente de la Junta Militar de Gobierno, Manual A. Odría, quién impactado por la tragedia llegó el día 23, en compañía de dos de sus ministros. Odría, que en ése entonces ya era candidato a la Presidencia de la República, se quedó cuatro días en Cusco recibiendo información específica de su Ministro López Flores, quién con el apoyo de Alberto Giesecke  recabó información invalorable para las eventuales medidas que se tomarían sobre el Cusco.

 

 

 

 

 

“Los edificios que más daños sufrieron, fueron el convento de Santo Domingo, La  compañía de Jesús, el local de la Universidad San  Antonio Abad, el Convento de Santa Catalina y las iglesias de Belén y San Sebastián. Los Barrios de Belén y Santiago fueron los  más afectados, y la mayoría de muertos fue encontrada en el sitio denominado Pelota Cancha (ubicada entre la calle Ayacucho y Matará). Según la evaluación de la Misión Kubler, se calcularon los daños en 33 millones de dólares, quedaron destruidas 3,000 casonas,  y de las restantes sólo 1,200 estaban en condiciones de ser habitadas. Quedaron sin albergue 30 a 40 mil vecinos, 15 mil de los cuales se instalaron en carpas y toldos en campos de deportes, calles y plazas”, anota en su libro Paulo de Azevedo.

 

 

 

 

Una Deuda Pendiente.

 

 

 

 

El 26 de mayo Odría regresó a Lima, y públicamente reconoció que el Perú tenía una deuda con el Cusco, algunos cusqueños recuerdan aún sus palabras: “la colonia hizo mucho por el Cusco, pero la República, nada, ¡yo pagaré esa deuda!” ,y anunció  su compromiso de reconstruir el Cusco.

 

El 29 de mayo se destinaron un millón quinientos mil soles específicamente  para  la construcción del nuevo Local de la Universidad San Antonio Abad del Cusco.

 

Pero ya que se contaba con la buena voluntad del presidente de la República, pues Odría fue elegido como tal en julio de 1950, los políticos cusqueños se empeñaron en  obtener un instrumento  que diera un marco legal , pero  además sostuviera económica y orgánicamente la reconstrucción del Cusco, así el 31 de diciembre de 1950, se promulgó la ley 11551 que establecía que el ingreso del 20% del impuesto al tabaco fuera destinado íntegramente para tal fin.

 

Nunca antes en la historia peruana se había dado caso semejante, y menos en relación con el  Cusco.  Se promulgó una ley de reconstrucción, que además  debía promover el desarrollo económico y social del Cusco.

 

Los trabajos de reconstrucción se iniciaron casi inmediatamente, pero ése sería  un proceso que no acabaría nunca.

 

 

 

 

Una modernización aparente

 

 

 

 

Cusco parecía haber ingresado a una franca   modernización: la ley facilitó,  para la reconstrucción de la propiedad privada,  el acceso a créditos blandos y a largo plazo  (3% de interés, pagaderos en treinta años). Pero era necesario  haber registrado debidamente  los inmuebles, y tener sus respectivos títulos, con anterioridad a 1950. El problema fue que  muchas propiedades no cumplían con tales requisitos. “Por ejemplo, gran parte del Convento de Santa Catalina, estaba en escombros”, señala el doctor Arturo Moscoso Serrano,” Sor Lucía de los Angeles Vargas Díaz, abadesa del Convento, no tenía cómo afrontar su reconstrucción,  pues no había títulos del Monasterio. Investigué en el archivo histórico, y logré hacer inscribir todo el Monasterio, así como  desmembrar la fracción de 2,500 metros que estaba totalmente destruida, y  recién con titulación autónoma pudieron acogerse a la Ley de Reconstrucción.  La Universidad tampoco estaba registrada, eso me demandó una serie de trámites, incluso en archivos notariales de Lima. Decidí especializarme en Derecho Registral, y con mi intervención se pudieron reconstruir la mayor parte de los predios que están en la Plaza de Armas. El terremoto permitió poner en orden y sanear  las  propiedades para poder acceder a los préstamos.

 

 

 

Pero como dice Paulo de Azevedo,  “no todo fue perfecto: el mayor problema surgió en el convento de Santo Domingo. La presencia de estructuras sobrepuestas de diferentes culturas trajo a la superficie un problema de fondo: la ausencia de criterios sólidos de restauración. Los responsables al intentar liberar la parte incaica, destruyeron elementos virreinales, dañando la integridad de un monumento cuyo mayor interés era ser la amalgama de dos culturas, mestizaje arquitectónico. En este caso, los  restauradores estuvieron bajo la influencia de un grupo de intelectuales que querían a cualquier precio valorar los elementos de cultura indígena, menospreciando la arquitectura virreinal que se sobreponía a la Incaica”

 

 

 

La “modernización” tuvo sus bemoles: muchos propietarios prefirieron demoler sus casonas solariegas, aún cuando tenían la opción de reconstruirlas,  cambiando el adobe por ladrillo  y  cemento;  o para buscar “tapados”, que por cierto se encontraron; en otros casos se inflaron los préstamos, y el dinero se utilizó como capital de trabajo y otros fines.

 

 

 

 

Medio Siglo después

 

 

 

 

Transcurridos cincuenta años del fatídico 21 de Mayo de 1950, recorrer las calles del Cusco de la mano de unoLa_demoliicn_en_marcha de sus más importantes intelectuales, el doctor Jorge Flores Ochoa,  es una experiencia reveladora,  pues nos pone al corriente de los graves atentados contra el patrimonio histórico cultural y el paisaje urbano, que no se han resuelto, o ni siquiera se conocen:  el muro inca ubicado en el interior de... en el Portal de.... propiedad de la familia  Díaz Quintilla,  que ha sido “pintado y luego despintado” con combo y martillo a conveniencia de los inquilinos; la avasalladora construcción del Hotel Libertador, que incluye en su edificación vestigios incas y casas coloniales, degradándolos a inexistentes o a  meros artículos de decoración; el atentado que se está perpetrando en la Calle Santa Mónica, al construir un hotel de más 6 pisos, que incluso sobrepasan en altura a las Torres de la Iglesia de Santo Domingo; la nueva fisonomía de la plazoleta de San Cristóbal; hermosas casonas coloniales y verreinales, diseminadas por toda la ciudad, que permanecen en estado de total abandono desde los estragos del 50,  y otras que, a fines turísticos, están siendo convertidas en galerías de venta de souvenirs, sin importar que se encuentren en zona intangible (no se sabe con qué autorización), como es la casa de Propiedad de Justo.P. Pacheco,  en plena  calle Hatunrumiyoq (la bella calle de entrada al barrio de San Blás), en cuyo interior existe un extraordinario muro Inca, etc., etc. Pero, por otra parte, Flores Ochoa  saluda  los esfuerzos  de restauración que han logrado rescatar con éxito esa amalgama Inca-hispánica para beneficio de propios y extraños, como es el caso de la Casona en la calle Pumakurku , de propiedad del Municipalidad y restaurada en la gestión del Alcalde Salizar.

 

 

 

Recorrer los alrededores del centro histórico, es alarmante para quién va después de unos cuantos años: da la impresión de que se hubiera  expulsado a sus habitantes para abrir los brazos a cuanto foráneo llega a alquilar un ambiente para hacer un hotel (no importan las estrella), pub, pizzería, discoteca, café o lo que la imaginación provea.

 

El cambio de uso de la propiedad, la propagación de ese tipo de servicios y el despoblamiento  residencial del Centro de la ciudad, están alcanzando niveles antes inimaginables. “Además”, señala el arquitecto Enrique Estrada, “la pobreza extrema está asentada allí, casonas tugurizadas, con un solo caño, sin servicios de agua ni desagüe. Cada día viven menos propietarios en el Centro Histórico”.

 

 

 

Por su parte, el arquitecto Gustavo Manrique, actual Director del Instituto Nacional de Cultura, afirma que a pesar de que la restauración es prioritaria,  se exige demasiado trámite burocrático para quienes quieren actuar de buena fe, amén del chantaje y la coima a malos funcionarios. Entonces para algunos propietarios es más fácil regar la casa para que se venga abajo y  evitarse el problema de conservar un monumento histórico. La restauración  cuesta tres veces más que la construcción. Por otro lado,  está la falta de conciencia de la gente que ve lo antiguo como casa vieja, y cree a ciegas que hay que modernizar el Cusco construyendo  chalets con falsos modernismos”.

 

 

 

“Hay otro problema muy grave”, continúa Manrique, “estamos soportando la agresión del capital extranjero, sobre todo de chilenos que están comprando el centro de la ciudad; las casonas antiguas están siendo vendidas para negocios diversos, comercio, restaurantes; el Instituto Nacional de Cultura  no puede hacer nada: al propietario de un solar de la calle Santa Ana, un chileno le ha ofrecido tres millones de dólares y  lo va a vender, porque no le queda otra cosa, es su gran solución”.

 

 

 

Y para poner la “fresa en el Chantilly” , el Coronel  Cesar Leonardo La Rosa,  Jefe de la Cuarta Región  de Defensa Civil, recuerda: “Los riesgos están latentes, Cusco es una zona sísmica número uno, hay fallas serias como la de Tambomachay, donde hay un  observatorio y un sismógrafo que está monitoreando continuamente; tenemos otro  en Kayara,  creemos  que  en este año debe haber un simulacro general, y la población siempre debe  estar alerta. Permanentemente estamos llamando la atención sobre el indebido otorgamiento  de licencias tanto por Consejos  provinciales, como distritales.  Hay muchas casonas antiguas del centro de la ciudad que hemos determinado en ‘condiciones inhabitables’. Cuando nosotros las detectamos, comunicamos a los habitantes, al INC, al Municipio y también a la Fiscalía de Prevención del Delito,  para que intervenga en caso de que no quieran salir los ocupantes y suceda una desgracia”.

 

 

 

 

Una esperanza persistente

 

 

 

 

 

Pidiendo_al_Sr._del_Temblores_que_aplaque_su_ira¿Panorama desalentador? No necesariamente. Los arquitectos Enrique Estrada y Manuel Ollanta Aparicio,  así como la mayoría de nuestros entrevistados, aseguran que el Cusco tiene grandes posibilidades de seguir siendo una esperanza para la economía local y nacional: Instituciones como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo están apoyando centros históricos que requieran mejorar sus condiciones y calidad de vida, sin ser necesariamente considerados como “ciudades museo, o patrimonios monumentales,  ni mantener visiones pasadistas o sentimentaloides”, sino como ciudades que albergan a una población digna y económicamente productiva. Pero su patrimonio edificado debe ser declarado en emergencia, y se debe priorizar al poblador del centro histórico, ofreciéndole condiciones de crédito para mejorar sus viviendas, servicios, luz, agua, desagüe, pero sobre todo para transformar su realidad económica.

 

 

 

Después del terremoto del año cincuenta, aún Cusco no ha concluido su etapa de reconstrucción. Que no se repita la historia. Planes hay de sobra, lo que se requiere es una férrea voluntad  de enfrentar el problema y concertar los intereses que puedan impulsar el bienestar de todos. Preservar al Cusco, a 61 años del gran terremoto que casi lo destruyó, es indiscutiblemente un objetivo de Interés nacional.

 

 

 

 

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