Sociedad 2020

YvonneYabar01El Mejor Día de la Semana

 

Por: Yvonne Yábar de Barclay

En los años cincuenta,  todos los sábados se realizaba en la Plaza San Francisco lo que ahora se conoce como un mercado de pulgas, pero que nosotros llamábamos baratillo.

Era una feria deliciosa, llena de puestos de venta donde se encontraba todo tipo de curiosidades, desde antigüedades encontradas en alguna buhardilla polvorienta, cuyo verdadero valor los dueños ignoraban, hasta platos desportillados, ropa usada, muebles habitualmente destartalados, muñecas  sin cabeza o sin un brazo, variados artículos religiosos como estatuillas de santos y de la Virgen, rosarios y crucifijos, amén de estampas recordatorias de pasadas primeras comuniones o capillos de bautizos.

A pleno sol, y rezando para que no lloviera y arruinara el evento, los habitúes recorríamos cada puesto en busca de tesoros.  En mi caso, y siendo una seria coleccionista de “pelis” (llegué a tener más de cien, que guardaba en una latita de té Hornimans), pasaba las horas viendo los diferentes recortes, cuadritos individuales que probablemente los cines desechaban cuando se cortaba la proyección. Los que mostraban ambientes generales como paisajes del oeste (casi siempre eran “coboinadas”) costaban medio, mientras que los que mostraban a los actores y actrices, en particular al “joven” o a la “chica”, costaban un real y eran mucho más apreciados y buscados.

 

También era posible comprar revistas viejas, había una gran cantidad de publicaciones argentinas como Billiquen y Leoplan, así como Superman, Hoppalong Cassidy, Patos Donald y Pequeña Lulús, mis favoritas.

En la esquina del arco de Santa Clara siempre había por lo menos un puesto de pan con salchichas, cuyo aroma era tan atractivo como dudoso el origen de los ingredientes.

Había, lógicamente, pan de Oropesa, “chutas” y otras variedades de pan de trigo confeccionado en hornos artesanales. No faltaba la “jalada”, un dulce flexible y brillante continuamente manipulado por la vendedora, que naturalmente lo manejaba con las mismas manos con que recibía el dinero, aunque eso no parecía importar mucho a los clientes. A veces había también un extraño adminículo que fabricaba algodón de azúcar. Eso era lo más bonito, porque el algodón se iba formando poco a poco alrededor de un palito similar al utilizado para los anticuchos. El proceso era parte del encanto. Ah, y las maravillosas raspadillas, para las que el vendedor cepillaba manualmente un enorme trozo de hielo que luego endulzaba con jarabes de distintos sabores.

Algunos puestos exhibían maravillas artesanales como cintos de lana teñida e hilada a mano, que todavía olían a llama; ollas y fogones de barro; collares de huayruros y distintos artefactos de cerámica y metal.

Tradicionalmente la visita terminaba temprano, y el sábado se completaba yendo a la matiné en los cines Colón o Municipal, sobre todo este último, que los fines de semana ofrecían películas para menores. La función comenzaba a las tres, pero era necesario ir mucho antes para socializar, había intercambio de revistas y gran conversación hasta el inicio de la película. A veces antes mostraban un corto de Tom y Jerry, ese era ya el colmo de la felicidad.

Y pese a que ese mismo día los colegios entregaban las libretas, lo cual no siempre conducía a felicitaciones o recompensas (para mí la libreta era siempre motivo de sobresalto,) con un poco de suerte podía disfrutar de las tan esperadas actividades sabatinas.

Sin duda, el sábado era el mejor día de la semana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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