Sociedad 2020

Miguel Rubio.


Miguel Rubio


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Santa Rosa de Lima es patrona de las Américas y de Filipinas, pero también de Lamay. El 30 de agosto es, pues, la fecha central de la fiesta de ese hospitalario pueblo, que queda en el Valle Sagrado, a escasos cuarenta minutos del Cusco. Debo decir que mi relación con el Cusco es entrañable. Cuatro de mis siete hijos viven y trabajan ahí. Mis tres nietos han nacido en el Ombligo del Mundo y entre mis amigos más queridos hay algunos cusqueños. Me sobran, pues, los motivos para sentir un hondo cariño por esa tierra bendita.

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Lamay viene a cuento, porque mi hija Marlis, y Franco - su esposo - vivían allí hasta hace un par de años, en una preciosa casita. Ese 30 de agosto viajé a Lamay, para asistir a un evento muy importante. Valentina – le decimos Valicha - mi nieta de tres años, iba a bailar con Mestiza Collana, que como todas las demás comparsas participantes, se había preparado durante todo el año para presentarse como Dios manda en esa fecha central. Mi nieta había ensayado día tras día con sus compañeros de danza, hombres y mujeres mucho mayores que ella. Estaba muy ilusionada, sabiendo que tenía que estar a la altura, sin desentonar. Había, sin embargo, un problema. No tenía zapatos blancos. Afortunadamente, una señora cusqueña le prestó un par, así que ese día llegué muy temprano - acompañado de Namasté y Marina - hijas mías también - llevando los zapatos, cuidadosamente envueltos en papel periódico, dentro de una bolsa de plástico, “no vaya a ser que se ensucien”. A las ocho y media de la mañana estábamos en la casa de Maxi, la comadre de Marlis. Maxi le estaba poniendo a Valicha unas trenzas de lana negra, para completar su atuendo, que consistía en falda de raso verde, blusa blanca, enaguas del mismo color, medias color carne, pañuelo verde y una montera rojo y negro, con pedrería y cintas multicolores que caían hasta bien avanzada la espalda.


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Ilustración de Bea Mosquera.

Al vernos, todo fue felicidad para Valentina. Se desvanecieron las sombras, pero sólo por un instante, porque hasta ese momento nadie se había tomado la molestia de abrir la bolsa para examinar su contenido. Mi nieta calza 25 y los ya famosos zapatos blancos eran, calculo, como del número 41 o 42. Decir que le quedaban enormes, es poco. Tranquilamente podría haberse metido en ellos y surcar el río Urubamba, remando. La hora avanzaba, la bailarina debía reunirse con su comparsa en pocos minutos y todavía no se resolvía el problema. Apurados, jugando contra el reloj, tomamos la camioneta de Marlis y volamos a Calca, en cuyo pintoresco mercado compré un par de zapatos blancos por doce soles cincuenta, no sin antes polemizar largamente con la vendedora, que insistía en llamar charol a lo que era rotunda y definitivamente plástico. No obstante esa demora imprevista, regresamos a tiempo a Lamay. Valentina no opuso ninguna objeción a la materia prima del calzado, porque los zapatos eran de taco, cualidad que la tenía arrobada, flotando en las nubes del bellísimo cielo serrano.

 

Conveniente ataviada ya, la llevamos al cargo - o carguyoc -, como le llaman a la casa donde se reúne la comparsa y en la que, luego del baile y la procesión, se ofrece un almuerzo. Por el camino veíamos a los bailarines y bailarinas de las otras comparsas, unas veinte, que se encaminaban a sus respectivos cargos. Estaban los majeños, con sus casacas de cuero, sus botas con espuelas y sus mascaras narigonas, llevando las botellas de cerveza con las que acompañan sus pasos de baile; estaba también Cápac Negro, con sus capas, sus pantalones oscuros y sus máscaras de negros; los de Contradanza, con sus pasamontañas de cejas y bigotes tejidos; los Cápac Colla, con sus camisas bordadas, luciendo colibríes multicolores, pero también papagayos, cálices con la eucaristía irradiando haces de luz, y hasta tigres mostrando feroces sonrisas. Por la plaza se paseaban otros bailarines, con cabezas de animales reales – cabras y zorros – sobre las suyas, mientras que la comparsa de Saya, con uniforme plateado y negro, las mujeres con minúsculas minifaldas y los hombres con cascabeles en las botas, ensayaba unos pasos que a mi se antojaban de rock. Todos los uniformes, de colores vivos, con bordados en piedra brillante y las cintas semejantes al arco iris, así como las máscaras, unas risueñas, otras muy serias, y los adornos de metal que refulgían al sol, sumados a las bandas de música – una por comparsa - , le daban al pueblo de Lamay una atmosfera jubilosa y mágica a la vez, que me tenia hechizado.


A esta altura es necesario saber que Marlis y Franco eran padrinos de Cápac Danzaq, una de las comparsas que se presentaba ese día. Entre sus obligaciones estaba ir al cargo y quedarse hasta llegado momento de partir en su recorrido por las calles del pueblo. Dicho recorrido consistía en una vuelta completa a Lamay – siete u ocho cuadras, el pueblo es pequeño -, para luego entrar a la iglesia a escuchar una misa solemne. Pues bien, luego de dejar a Valentina con Mestiza Collana, fuimos todos al cargo de Cápac Danzaq. Los padrinos fueron recibidos con grandes aplausos. La comparsa, con uniforme amarillo y flecos de colores en las piernas, parecidos a los de los danzantes de tijeras, se puso en formación en la calle, lista para arrancar. Detrás de los bailarines, los músicos: un bombo, un pequeño acordeón y una tarola. Mezclados entre el publico, estábamos Namas, Mateo, Marina, Reinhardt, un alemán que nos acompañaba, y yo.


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Ilustración de Bea Mosquera

Los músicos, por fin, arrancaron a tocar, pero al instante fueron callados por el caporal. Silencio, sorpresa. El caporal caminó entonces hacia mí – se acababa de enterar que yo era el padre de Marlis - y me pidió que me uniera a la comparsa. Casi me desmayo, porque, ha llegado el momento de decirlo, soy el peor bailarín que existe sobre la corteza terrestre. Mi torpeza es, sencillamente, inimaginable. Tembloroso, aduje que no estaba vestido para la ocasión. El caporal respondió que eso no tenía ninguna importancia. Me excusé de mil maneras distintas, sin ningún resultado, de modo que me vi obligado a confesar, muerto de vergüenza, que bailar con la comparsa era lo mismo que llevarla directamente al más espantoso fracaso.


El caporal se rió. Me dijo que no tenía que bailar y me dio un estandarte de Cápac Danzaq, invitándome a encabezar la comparsa. Luego hizo lo mismo con Franco, dándole otro estandarte. Fue, para mí, un altísimo y a la vez inesperado honor. Colorado, tímido, confundido, pero muy complacido, acepté la distinción y empuñé el estandarte. La banda inició la marcha y yo, con Franco a mi derecha, empecé a caminar con paso lento y distinguido. Atrás de mí, los danzantes se movían al ritmo de la música, levantando las rodillas alternativamente a izquierda y derecha, de acuerdo al compás que el bombo les imprimía y haciendo figuras fantásticas cada vez que la tarola redoblaba. Yo marchaba adelante, orgulloso, con el pecho henchido, felicitándome mentalmente por las limitaciones de mi función. Dirigí la mirada hacia mi yerno, para compartir con él mi momento sublime y lo que vi me heló la sangre. Franco, contagiado por el entusiasmo de los danzantes, se había puesto a bailar. Yo, aterrado, lo miraba de reojo, sudando frío, rogando a la santa limeña que no se le ocurriera decirme que bailara también. Santa Rosa no me escuchó, porque, apenas terminadas mis súplicas, Franco arrancó a gritarme que baile.


Primero me hice el sordo, pero al poco rato no sólo eran el caporal y mis hijas las que me pedían a gritos que lo haga, sino también el público que llenaba ambos flancos del camino. Nadie consideró que solo un milagro podría haber logrado que yo realice tan complicados movimientos sin caerme de bruces, ni siquiera mis hijas, que, con todo el cariño del mundo, me empujaban a darle cara al ridículo. Pero no contaban con que ninguna fuerza en el mundo podría hacerme bailar, así que asumí una postura dignísima y, como si fuera el alcalde, sacando pecho y elevando mi estandarte para que todo Lamay se entere del nombre de mi comparsa, me adelanté unos pasos y marché, gallardo, solemne y sereno. Cuando llegamos a la iglesia, devolví el estandarte y corrí a ver a mi nieta Llegué a tiempo para verla desplegar toda su gracia. Literalmente, se me caía la baba. Estaba muy emocionado, pero – lo confieso – no tanto como para quedarme en Lamay. Al día siguiente las comparsas desfilaban de nuevo y resultaba muy arriesgado quedarse: cualquier cosa podía pasar. Esa misma noche regresé al Cusco, donde sus piedras milenarias y sus cálidos bares me consolaron de los estremecedores momentos vividos.


Han pasado tres años y he ido otras veces al Cusco, pero no he regresado a Lamay. Tal vez deba ir el próximo 30 de agosto y para eso necesito tomar clases de baile. Si no dan resultado, igual voy a ir. Me postularé para alcalde.


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