Sociedad 2020

Por: Yvonne Yábar de Barclay.


El Santurantikuy


Por: Yvonne Yábar de Barclay


a YvonneYabar01

 

La ilusión de ir al Santurantikuy era para mí más importante que la cena de medianoche o los tradicionales regalos navideños.


Una tradición cusqueña que data desde siempre, y que para muchos constituye el punto culminante de las fiestas navideñas, es el Santurantikuy, o Venta de Santos.

Cada año, desde muchos días antes, la Plaza de Armas comenzaba a prepararse para el evento construyendo quioscos, en los que el día 24 de diciembre se exhibían toda clase de juguetes artesanales, adornos y decoraciones para vestir el nacimiento. Podía verse allí el asombroso talento de la gente que fabricaba no sólo los santos de yeso, sino también todo tipo de miniaturas, que incluían diminutas carretillas de metal, con la pala y el pico correspondientes; maquinitas de coser Singer, que la propia compañía que las producía no hubiera podido copiar con tanta minuciosidad y perfección; fogones y ollitas de barro con las que luego las niñas jugábamos a cocinar, metiendo en ellas cualquier cosa que encontráramos a mano, creando unas sopas macabras que consumíamos alegremente, y que con certeza contribuyeron a inmunizarnos contra todo tipo de microbios y males que afectan a la gente que se enferma con sólo beber agua no filtrada.


En el Santurantikuy también se vendían golosinas típicas de las fiestas, dulces artesanales, crocantes maicillos, “jalada”, algodón de azúcar, porotos, chicha blanca en vasitos que luego de ser vaciados por el cliente se enjuagaban simplemente en un balde de agua debajo de la mesa, para luego volver a llenarlos.

Los pastelitos, que yo encontraba deliciosos, tenían colores chillones y estaban rellenos con una especie de engrudo azucarado. Los vendían en una especie de catafalcos de vidrio, y costaban diez centavos. Había panes de Oropesa y otras regiones de la sierra, “chutas” hechas con la más pura harina de trigo, bizcochuelos tan ligeros que no pesaban nada, y unas salchichas cuyos ingredientes era mejor ignorar, pero que sabían (y olían) a gloria.


Para adornar el nacimiento mismo había, por supuesto, niños preciosos con sus rizos rubios y ojos de cristal, angelitos tocando instrumentos variados, no faltaban variados pastorcillos, la vaca, el burro, corderitos y hasta toritos de Pucará. Particularmente encantadoras eran las pequeñas latas de leche Gloria, que habían sido rellenadas con tierra y donde el trigo germinado estaba convertido en un verdadero bosquecillo de pasto para crear un ambiente natural en los nacimientos que muchas veces incluían ríos, lagos, montañas y hasta nevados.


La ilusión de ir al Santurantikuy era para mí más importante que la cena de medianoche o los tradicionales regalos navideños. Era una verdadera fiesta ver todo ese despliegue de belleza, poder comprar tantas cosas bonitas porque los precios eran tan bajos que estaban al alcance de todos. Había cohetillos chinos, luces de bengala, algunos juguetes de plástico que comenzaban a invadir el mercado pero que no podían compararse con los artesanales. Llegaba gente de otros pueblos trayendo sus creaciones, alfarería, trabajos en metal y textiles, verdaderas maravillas de color y textura, hechas con lana virgen que ellos mismos hilaban a mano y luego teñían con productos naturales. Todavía conservaban el olor del animal del cual procedían, y ese olor era parte de su encanto.


Algo infaltable ese día, y que recuerdo con añoranza, era un solitario buhonero que, armado de un megáfono, anunciaba a gritos la venta de sus calendarios que, según él, siempre estaban a punto de agotarse. “Venga y compre su calendario. Ya no quedan muchos. ¡Solamente un sol! ¡Uno por aquí, otro por allá!” Y, de rato en rato, este solitario buhonero se anunciaba a sí mismo, rimbombante: “Germán Peralta Salcedo y su gran plantel de locutores les desean una feliz Navidad y un próspero Año Nuevo”.

Tenía una energía y perseverancia admirables, porque vociferaba todo el día incansablemente y espero que realmente haya vendido todos sus calendarios. Nunca llegué a ver uno, y es algo que lamento. En todo caso, cada 24 de diciembre recuerdo con nostalgia la maravilla del Santurantikuy, cuando siempre llovía aunque fuera tan sólo un momento, pero luego volvía a salir un sol tibio y radiante. Era sin duda un día mágico.


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